—Sylvie, Sylvie!
—Bonjour Valèrie, comment ça va?
Era lo único que Charito sabía decir en francés, lo que había aprendido de aquel profesor que se fugó con un monaguillo (mayor de edad), cuando ella era pequeña, y lo que no dejaba de repasar mentalmente una y otra vez mientras llegaban a París. Durante años lo había practicado con su prima Lulú, mientras soñaban con desayunar croissants y vivir la vie en rose. Entonces Lulú no se llamaba Lulú, sino María de la Encarnación (todas tenemos algo que ocultar...), y practicaba sus graciosos movimientos, que luego la harían famosa en los alrededores del Moulin Rouge, entre campos de heno y alfalfa, esquivando boñigas de vaca y pavos desplumados (al fin).
El tren frenó en seco e hizo que el jamón del cura se cayera sobre la cara del depravado, que a su vez soltó una coz a la señorona, que soltó al perrito, que mordió a Charito, que pegó un gritito que le provocó una hipoacusia de campeonato al revisor del tren, que pasaba por allí.
—Nous sommes ici —dijo el revisor dolorido.
—¿Lo qué? —dijo Charito.
—Que ya tamos aquí, oh; que ya hemus llegau.
—¿Como siendo usted tan francés tiene un acento tan asturiano? —preguntó, cotilla, la Chari.
—Ye l’alimentación, oh, que con fabes y sidrina no faz falta gasolina. Cuando como cocido madrileño, me sale el chulapo que todos llevamus dentru, oh.
A Charito, del asombro, se le subió tanto la ceja, que se le cayó la peluca.
Bien. Estamos en París. La tierra del amour, del foigras, de las boinas de lado y de las boquillas para fumar, del Moulin Rouge, de la decadencia y del Montparnasse.... Oh, la, la! Charito no lo había pensado, pero la evidencia se le cayó encima en este preciso instante. No sabía la dirección de Lulú. No tenía móvil para llamar al 11818. De hecho, no había ni teléfono en aquella época. Teletaxi, tampoco. ¿Cómo podría encontrarla? ¿Cómo encontrar, a la que creía, gran estrella mediática del folklore popular hispano? ¡Eureka! Iría a buscarla a la milla de oro de los cabarets franceses. Allí estaría Lulú rodeada de glamour, esperándola para brindar con champagne y fresas. Oh, la, la! otra vez.
miércoles 21 de febrero de 2007
lunes 19 de febrero de 2007
El viaje (le voyage)
A la pobre Charito le repetía el chorizo y no podía domir, así que repasó mentalmente su equipaje. Lo llevaba todo. Los trajes de lentejuelas que primorosamente había estado cosiendo, a fuerza de sisar tan valioso objeto de los trajes populares de su grupo de jota (nunca consiguió aprender el aurresku); la peluca por la que tanto había ahorrado y que finalmente logró comprar a un vendedor ambulante con rasgos orientales y que también le ofreció dos vinilos por una peseta a la voz de "tú compla", aunque, a juzgar por la urticaria que le salía siempre que se la ponía, empezaba a poner en duda su calidad; los tacones de su puesta de largo, que le quedaban algo pequeños, pero esos adornos de lamé eran difíciles de concebir de nuevo en unos zapatos y prefirió no prescindir de ellos; los rulos, para cuando los ronchones no le dejaran ponerse la peluca; la bata de guatiné, porque en París hace mucho frío; le rouge de labios que heredó de su abuela, casi gastado, pero aún eficaz; un par de bragas-faja, que no estaba segura de poder encontrar en la tierra de las petites prendas de ropa interior; y, por supuesto, la mantilla y la peineta, por si tenía que ir de boda. Que una nunca sabe, oiga.
Para distraerse durante el viaje, alternaba su vista entre la revista de modas "Encarni, todas somos ella" y sus vecinos de compartimento: un cura, una señorona y un tipo con cara de depravado. Lo típico, vamos. En cualquier momento se asomaba Hitchcock y en el próximo túnel moría hasta el apuntador. Descubrió que, a saber: el rouge de labios estaba demodé, el señor cura ocultaba una paletilla de jamón debajo de la sotana, el tenedor de tres pinchos era para el pescado, la señorona ocultaba un gato bajo el abrigo, los sombreros se llevaban pequeños y con velo, y el tipo con cara de depravado ocultaba un objeto informe y que crecía cuanto más observado se sentía, bajo el pantalón. Charito miró al depravado, inquisidora, y él se relamió los labios, batiendo las pestañas.
Charito no se dormía, pero prefirió fingir que sí, visto lo visto.
Para distraerse durante el viaje, alternaba su vista entre la revista de modas "Encarni, todas somos ella" y sus vecinos de compartimento: un cura, una señorona y un tipo con cara de depravado. Lo típico, vamos. En cualquier momento se asomaba Hitchcock y en el próximo túnel moría hasta el apuntador. Descubrió que, a saber: el rouge de labios estaba demodé, el señor cura ocultaba una paletilla de jamón debajo de la sotana, el tenedor de tres pinchos era para el pescado, la señorona ocultaba un gato bajo el abrigo, los sombreros se llevaban pequeños y con velo, y el tipo con cara de depravado ocultaba un objeto informe y que crecía cuanto más observado se sentía, bajo el pantalón. Charito miró al depravado, inquisidora, y él se relamió los labios, batiendo las pestañas.
Charito no se dormía, pero prefirió fingir que sí, visto lo visto.
viernes 16 de febrero de 2007
Charito se va
Los tomates volaban como en la tomatada de Requena. Cayó alguna lechuga también, pero estaba tan pocha que no se podía reutilizar para hacer una ensalada. A Charito, el desconsuelo le llenaba los ojos de lágrimas . Llevaba meses preparando el espectáculo que acababa de representar delante de sus vecinos, pero estaba claro que no estaban a la altura para enteder su obra. Se miró al espejo y, entre bambalinas, tomó una decisión. Dejaría a Mariano, dejaría la peluquería y se iría con su prima Lulú a París. "Los franceses son muy modernos" —pensó— "ellos sí comprenderán mi arte". Cogió su baúl, como la Piquer, y, con nocturnidad y alevosía, se montó en el expreso a Francia.
En el camino se comió un bocadillo de chorizo.
Au revoir, Barakaldo. Bon jour, Paris.
En el camino se comió un bocadillo de chorizo.
Au revoir, Barakaldo. Bon jour, Paris.
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